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   José Porras

Cuando algo no funciona en un equipo, es fácil mirar primero a las personas.

“Falta compromiso.”
“No se organizan.”
“No cumplen.”
“Hay que mejorar la actitud.”

A veces esas observaciones pueden tener parte de verdad. Pero otras veces estamos intentando explicar un problema de funcionamiento únicamente desde el comportamiento individual.

Y ahí conviene ampliar la mirada.

Porque no todo problema de desempeño se origina en las personas.

También puede estar en la forma en que el trabajo está diseñado.

Cuando el sistema empieza a generar el problema

Imaginemos un equipo que recibe solicitudes desde distintos canales.

Algunas llegan por correo.
Otras por mensajes.
Otras aparecen en una reunión.
Y algunas se resuelven directamente entre dos personas sin que el resto del equipo lo sepa.

Con el tiempo empiezan los retrasos, las prioridades se mezclan y algunas tareas quedan sin seguimiento.

Entonces alguien concluye:

“Este equipo necesita organizarse mejor.”

Tal vez.

Pero también podríamos preguntarnos:

¿Existe un mecanismo claro para recibir y priorizar las solicitudes?
¿Todos trabajan con los mismos criterios?
¿Está visible qué se está haciendo y qué está pendiente?
¿Está claro quién decide cuándo aparecen prioridades en conflicto?

Si esas condiciones no existen, quizás estamos pidiendo a las personas que compensen con esfuerzo individual un problema del sistema de trabajo.

El esfuerzo no siempre corrige un mal diseño

Hay equipos muy comprometidos que trabajan permanentemente apagando incendios.

Personas que hacen horas extra, responden mensajes fuera de horario y revisan una y otra vez lo que ya habían hecho.

Desde afuera puede parecer falta de planificación.

Pero cuando observamos con mayor detalle pueden aparecer otras causas: decisiones que llegan tarde, demasiadas aprobaciones, información fragmentada, responsabilidades poco claras o procesos que generan retrabajo.

En esos casos, pedir “más compromiso” puede incluso empeorar la situación.

Porque el equipo probablemente ya esté haciendo un esfuerzo considerable.

La pregunta entonces cambia:

¿Qué parte de nuestra forma de trabajar está generando innecesariamente esta dificultad?

Mirar dónde se atasca el trabajo

Una manera útil de analizar estas situaciones es seguir el recorrido real del trabajo.

Desde que aparece una necesidad hasta que se obtiene un resultado.

¿Qué pasa en el medio?

¿Dónde espera?
¿Dónde vuelve hacia atrás?
¿Dónde necesita una aprobación?
¿Dónde se pierde información?
¿Dónde dos personas hacen lo mismo sin saberlo?
¿Dónde nadie tiene claro quién debe decidir?

Muchas veces, los problemas se vuelven más visibles cuando dejamos de analizar únicamente a las personas y empezamos a observar las conexiones entre roles, decisiones, procesos y prioridades.

Los síntomas pueden aparecer lejos de la causa

Esto también explica por qué algunos problemas resultan tan difíciles de resolver.

El lugar donde aparece el síntoma no necesariamente es el lugar donde se origina.

Un área puede entregar tarde porque recibe la información incompleta.

Un colaborador puede parecer poco autónomo porque necesita demasiadas autorizaciones para avanzar.

Un equipo puede tener conflictos recurrentes porque dos áreas trabajan con prioridades diferentes.

Si intervenimos únicamente sobre el comportamiento visible, es posible que obtengamos una mejora temporal.

Pero el problema probablemente vuelva a aparecer.

Antes de corregir a las personas, revisar el contexto

Esto no significa eliminar la responsabilidad individual.

Las personas siguen teniendo compromisos, decisiones y comportamientos que revisar.

Pero conviene evitar una explicación demasiado rápida.

Antes de concluir que alguien “no puede”, “no quiere” o “no se compromete”, podríamos mirar también:

  • ¿Tiene claridad sobre lo que se espera?
  • ¿Cuenta con la información necesaria?
  • ¿Puede tomar las decisiones que su rol requiere?
  • ¿Existen prioridades compartidas?
  • ¿El proceso facilita su trabajo o lo complica?
  • ¿Qué obstáculos se repiten independientemente de quién ocupe el puesto?

Esta última pregunta puede ser especialmente reveladora.

Si distintas personas atraviesan el mismo problema en el mismo lugar, quizás haya algo más que mirar.

Una mirada organizacional más amplia

Mejorar una organización no siempre implica cambiar a las personas.

A veces implica revisar cómo coordinamos, cómo decidimos, cómo priorizamos o cómo hacemos circular la información.

Y muchas veces, pequeños cambios en esas condiciones pueden producir diferencias importantes en el comportamiento del equipo.

Porque las personas no trabajan aisladas.

Trabajan dentro de sistemas, procesos, relaciones y acuerdos que también influyen en lo que pueden hacer.

Por eso, antes de preguntarnos “¿qué le pasa a este equipo?”, quizás convenga agregar otra pregunta:

“¿Qué está pasando en la forma en que este equipo necesita trabajar?”

Ahí puede empezar una conversación diferente.

Y, muchas veces, una intervención mucho más pertinente.